domingo, 18 de septiembre de 2016

Probando un toscano italiano de nombre ilustre y sabor histórico

Cómo eran  los aromas y sabores  del toscano en los viejos tiempos es una pregunta que moviliza en forma perenne nuestras investigaciones. Ahora bien, dicho costado vinculado a los sentidos constituye el punto más difícil de abordar desde un enfoque histórico. Siempre es factible el hallazgo de registros, testimonios y citas  sobre la industria toscanera del período fundacional (tanto en Italia como en Argentina), pero definir el perfil aromático y gustativo que tenían  los antiguos ejemplares implica una labor ciertamente compleja. Así como no hay manera de evaluar un vino sin haberlo bebido, es imposible precisar las características de un toscano sin haberlo fumado. Y cuando el centro de atención pasa por los prototipos de hace cien o ciento cincuenta años, tenemos frente a nosotros un problema de naturaleza tan simple como irresoluble: ya no hay más.


Ante semejante obstáculo podemos construir hipótesis basadas en aquellos datos del pasado que nos resultan accesibles con menor dificultad. Así, los tipos de tabaco, los procesos de manufactura y los sistemas de secado y estacionamiento que se empleaban entonces permiten delinear con algún grado de certeza una cierta silueta sensorial. Pero hay una segunda forma de búsqueda que va ganando nuestro ánimo y nos produce cada vez mayor confianza, sobre todo cuando hablamos del antiguo y legítimo toscano italiano importado durante casi ochenta años. Esta manera alternativa no es otra que degustar analíticamente los herederos modernos  del acervo tabacalero peninsular, o sea, los toscanos italianos actuales. Basándonos siempre en elementos históricos muy definidos practicamos ese método cuatro veces, según consta en las entradas correspondientes. Primero fue el toscano Originale, luego un par de especímenes saborizados del segmento Aroma, después el Classico y más tarde el Originale 150.



















Para esta ocasión elegimos el Toscano Garibaldi,  lanzado al mercado hacia1982 como homenaje a Giussepe Garibaldi en el centenario de su muerte. Con excepción del formato (1), desde entonces hasta hoy ha conservado ciertas características esenciales centradas en sabores relativamente livianos (2). Independientemente de eso y de ser la etiqueta toscanífera más barata, el Garibaldi se identifica por su armado a máquina muy simple, bastante suelto (con el tabaco menos “comprimido”), y por un color exterior sumamente variable dentro de la gama cromática de los marrones claros. Todos estos atributos resumen el motivo que nos llevó a incluirlo en  nuestras catas de “indagación histórica”. ¿La explicación? Creemos que los toscanos del período 1860 -1880 (sus primeras dos décadas en Argentina) tenían bastante simpleza de sabor,  menos intensa y ahumada en comparación con los que vendrían a finales del siglo XIX. Hay muchos vestigios de época que permiten suponerlo así, pero los principales son dos: el uso de tabacos que aún no eran del tipo Kentucky y el  curato a fuoco mediante procedimientos carentes de homogeneidad.


Otra vez elegí la quietud de la noche para el examen sensorial que llevé a cabo en un ámbito perfectamente acorde a la idea de “viajar al pasado”: un viejo coche de madera del Ferrocarril Oeste construido en 1909 (3). Aunque ya es una rutina en nuestras reseñas, seremos metódicos diciendo una vez más que el encendido fue realizado sin problemas y que el tiraje posterior resultó perfecto, tanto como la consistencia de la ceniza. Combustión y algunos minutos mediante se comprueba perfectamente la sencillez antedicha en forma de aromas plenos pero mucho menos intensos que cualquier otro ejemplar de la línea italiana moderna, así como también por percepciones sápidas de cuerpo medio, con cierto tono vegetal y muy pocos acentos tostados y ahumados (tan comunes en otros casos). En definitiva, lo probado está en sintonía con el perfil histórico que buscábamos: un cigarro de rasgos “primitivos”, menos complejo y trabajado, probablemente análogo al toscano de los primeros tiempos. Así como existen modelos que se destacan por los tonos evocadores de combustión  leñosa  (Classico, Extra Vecchio, Antico) y otros en los que predominan bordes minerales (Antica Riserva, Originale, Originale 150), el Garibaldi porta consigo un sabor básico a tabaco de campo natural, directo, sin perder en ningún momento la identidad toscanera encarnada por el puro fragante y vigoroso.


¿Encontramos un “eslabón perdido”? ¿Dimos con el sabor a toscano que acompañó a la inmigración italiana de  vanguardia? Quizás, pero lo bueno es que no nos conformamos con ello: seguiremos buscando y probando cuanto módulo pase por nuestras manos. Seguramente, algún motivo de orden histórico nos brindará la excusa para hacerlo.

Notas:

(1) En el transcurso de tres décadas y media fue comercializado en diferentes formatos, tanto entero como amezzato: más largos y más cortos, más gruesos o más delgados, sufriendo frecuentes cambios de packaging para adaptarse a esas mutaciones. La foto situada al costado del tercer párrafo muestra tres modelos de cajas de Garibaldi que obran en mi poder, adquiridas en Italia entre 2003 y 2016. Los que degustamos esta vez son los más recientes, enteros, comprados en Mayo último. También existe hoy un nuevo prototipo levemente más caro de “edición limitada”, presentado en envases de dos unidades con el nombre Garibaldi Il Grande.


(2) Siempre aclaro que hablar de toscanos “livianos” o “suaves” sólo se aplica de manera comparativa con los de su misma familia. Los toscanos son invariablemente cigarros potentes y aromáticos, por lo que esos adjetivos pierden valor si intentamos confrontarlos con el resto de los cigarros puros de cualquier tipo y procedencia.
(3) Preservado y custodiado por el Ferroclub Argentino