domingo, 18 de diciembre de 2016

Algunas precisiones sobre la CIBA y su fábrica Avanti II

El primer dato de interés histórico que nos brinda el valioso texto reseñado en la entrada anterior consiste en la conformación accionaria original de la Compañía Introductora de Buenos Aires. Sabemos ahora que todo  su capital provino de la reconocida empresa William Paats, Roche y Cía, lo cual indica un idéntico grupo de inversores controlando ambas sociedades . El punto es doblemente sugestivo si tenemos en cuenta que esta última firma fue importadora de los legítimos toscanos italianos hasta 1903, o sea, el mismo año en que decidió levantar la fábrica Avanti. Si buscamos explicaciones, es muy lógico asignarle al nuevo emprendimiento un propósito basado en las inmejorables perspectivas que presentaba el mercado vernáculo, puesto que para ese entonces los toscanos carecían de rival en materia de cigarros puros y su demanda se acrecentaba progresivamente. Más difícil resulta saber por qué esa misma casa cesó casi de  inmediato la importación de los ejemplares peninsulares genuinos (1) o, mejor aún, cuál de las dos partes involucradas resolvió finalizar el contrato respectivo, celebrado algunos años antes. ¿Fue la firma argentina, atenta a la mayor rentabilidad de una manufactura local, o fueron los italianos, advertidos de que su importador exclusivo en Argentina se disponía a “falsificar” el emblemático producto, iniciando así una especie de competencia desleal? La respuesta tiene aún más opciones (2) y el hallazgo de evidencias aclaratorias no resulta técnicamente imposible (tal vez quedaron registros en documentos oficiales italianos de la época), aunque sólo el tiempo dirá si algún día podremos encontrarlas.


La mención de cifras inequívocas sobre el volumen productivo de los primeros años sirve para confirmar ciertos postulados largamente sostenidos por este blog, aunque nunca avalados en forma documental. Ya estamos en condiciones de ratificarlos fehacientemente: al poco tiempo de su apertura, Avanti era la fábrica de toscanos más grande del país y su producción abastecía (por sí sola) el mayor porcentaje del mercado. Considerando la referencia de los ocho millones y medio de puros mensuales confeccionados en 1916, es decir, 102.000.000 al año, no quedan dudas al respecto: las estadísticas de esa época señalan una producción  toscanera argentina cercana a 150.000.000 de unidades. En función de ello, prácticamente dos tercios de los toscanos fabricados en nuestro territorio eran obra de la CIBA. Ya que tales guarismos porcentuales no se modificaron sustancialmente con el correr de las décadas (3) (4),  podemos sentenciar que Avanti siguió siendo el cigarro nacional más vendido por el siguiente medio siglo.


El crecimiento que experimentó la empresa a partir  de los años cuarenta queda demostrado por la adquisición de la fábrica de B Yoldi en 1944, y por el emplazamiento de otras dos plantas complementarias en San Luis y Posadas hacia 1946. La primera tuvo una duración acotada (solamente hasta 1962), mientras que la segunda acabó convirtiéndose en la fábrica principal una vez que el imponente edificio del barrio de Villa Urquiza fue desafectado de las labores industriales, en 1958. Sin embargo, éste continuó en poder de la CIBA al menos por diez años más, según consta en un comunicado de tipo legal publicado por el Boletín Oficial a finales de 1967. Allí comprobamos la existencia física de las dos propiedades aún en poder de la firma, la de Posadas como fábrica y la de Buenos Aires como depósito. Al texto en cuestión (arriba) añadí (abajo) la única imagen que pude hallar de los galpones misioneros (ya abandonados), así como el consabido pero siempre ilustrativo dueto de paquetes indicando domicilios pre y post mudanza de la manufactura.


Un último tema de enorme interés para nuestras finalidades investigativas es aquel relativo a las plantaciones. Sabíamos algo acerca de los cultivos experimentales de la variedad Kentucky en las primeras décadas del siglo XX, pero ahora también avalamos esa información con un panorama completo del desarrollo tabacalero de campo que caracterizó a la CIBA durante mucho tiempo. Los primeros resultados satisfactorios datan de 1929, por lo cual podemos deducir que el Kentucky empezó a ser utilizado masivamente a partir de 1930, conforme aumentaba la cantidad de fincas dispuestas para tal fin. El mapa al costado de este párrafo (hacer click para ampliar) muestra la ubicación de las localidades mencionadas en el libro que nos ocupa, numéricamente dispuestas según su orden textual de aparición: MonteCarlo, Puerto Rico, Wanda, Lanusse, Oberá, Cerro Azul y Campo Grande. En los decenios de 1930 y 1940, buena parte de esa materia prima viajaba hasta la factoría porteña por vía fluvial, luego del embarque en varios puertos del Paraná, especialmente el de Posadas (5). Un dato final es muy valioso: la última importación de Kentucky norteamericano se realizó en 1948, lo que nos dice dos cosas: que a partir de entonces los Avanti fueron hechos 100% con tabaco nacional, y que antes de eso tenían materia prima de USA en su interior, lo cual no sabíamos hasta ahora.


Hay casi infinitas ramificaciones temáticas para seguir analizando, pero ya llegará el momento de hacerlo. Por lo pronto, tenemos un conocimiento mucho mayor sobre el rótulo de toscanos argentinos más célebre de la historia.

Notas:

(1) Recordemos que en 1904 la importación de toscanos legítimos pasó a manos de Roberto de Sanna y la empresa Bunge y Born, el primero como “representante” y la segunda como introductora propiamente dicha.
(2) Los casos señalados se basan en la hipótesis de que los argentinos actuaron primero desencadenando la ruptura, pero los hechos no tuvieron que ser necesariamente así. Por ejemplo, es también factible que Italia haya decidido terminar el contrato por otros motivos, y que W Paats, Roche y Cía resolviera -posterior y consecuentemente- continuar en el negocio mediante el emplazamiento de una fábrica propia.
(3) En realidad, la aparición de la SATI con sus Regia Italiana implicó una competencia importante sin llegar a comprometer el sólido liderazgo de Avanti. Por otro lado, su existencia histórica fue bastante fugaz, ya que sólo se mantuvo durante veinticinco años, desde 1933 hasta 1958.
(4) Durante enero y febrero de 2017 vamos a “hilar fino” sobre estadísticas tabacaleras del siglo XX (desde 1905 hasta 1976), gracias al hallazgo de cifras oficiales y contundentes.
(5) Así lo señalan algunos testimonios que hemos visto oportunamente.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Algunas precisiones sobre la CIBA y su fábrica Avanti I

Por su carácter de mayor exponente histórica del toscano argentino, la fábrica Avanti de la Compañía Introductora de Buenos Aires ha sido objeto de numerosas entradas en este blog y también en Consumos del Ayer. De hecho, fue la primera factoría nacional del ramo tabacalero que reseñamos, así como unos pretéritos cigarros Avanti  inauguraron nuestra serie de degustaciones de productos añejos. Pero el hallazgo de nuevas fuentes de información nos sirvió para confirmar datos cronológicos, descubrir secretos del proceso manufacturero y establecer precisiones acerca de algunos puntos que hasta entonces se hallaban en la penumbra. En este caso se trata del libro Las salinas grandes de Hidalgo -La Pampa- y su desarrollo, de Walter Stauffacher, editado en 1967 por la propia CIBA. En esta primera entrada vamos a presentar la parte del texto que nos interesa y en la próxima haremos un análisis pormenorizado de todo lo que nos dicen esos datos acerca del emprendimiento fabril toscanero más importante del pasado nacional.


Queda claro que el tema central de la obra se basa en las conocidas actividades de producción salina que la CIBA llevó a cabo a partir de 1934 (con una marca famosa, Dos Anclas), pero hay un capítulo específico que relata los inicios de la empresa, coincidentes con el advenimiento del siglo XX. Ello nos permite saber que el capital inicial fue obtenido íntegramente del activo de la reconocida importadora William Paats, Roche y Cía. Luego de referirse a los primeros negocios encarados por la firma (1), el texto continúa señalando que “en septiembre de 1903 resolvió instalar una fábrica en la ciudad de Buenos Aires para elaborar cigarros italianos y ya en agosto de 1904 comenzó a producir la nueva manufactura (…) Al principio se elaboraron 25.000 a 30.000 cigarros por día, pero ya en octubre de ese mismo año se llega a 90.000 cigarros diarios.” Desde luego, era la época dorada del producto y eso se hizo notar rápidamente, llegando en 1916 a elaborar 8.500.000 cigarros por mes hasta alcanzar, entre 1922 y 1927, la suma de diez millones de unidades. ¿Con qué recursos humanos se realizaba semejante tarea? Así lo explica: “la dotación de la fábrica de Villa Urquiza sobrepasaba entonces los 1.000 obreros, en su mayoría mujeres.”


Un dato interesante es la adquisición de la fábrica de Bienvenido Yoldi (2) en 1944, que posteriormente y hasta 1957 funcionó con el nombre de “La Firmeza”. Pero aún más reveladora es la apertura de otras dos plantas conforme la porteña perdía competitividad. Al respecto, dice: “en 1945, debido al retiro de un importante núcleo de personal antiguo y ante las dificultades para para conseguir obreras en Buenos Aires dispuestas a aprender el oficio de cigarrera, se resolvió la instalación de fábricas en el interior del país…”  La primera fue en San Luis (3) y un año más tarde se sumó Posadas, que hacia 1958 llegaron a alcanzar conjuntamente volumen y calidad suficientes como para cerrar la vieja y legendaria factoría de Villa Urquiza. Un párrafo describe con cruda sinceridad el achicamiento general del negocio sentenciando: “posteriormente se resolvió ampliar la fábrica de Posadas para absorberla producción de la de San Luis pues, como en general el consumo de cigarros de hoja ha disminuido mundialmente, el de los cigarros Avanti también sufrió esa baja y por lo tanto resultaba antieconómico mantener dos manufacturas a producción no total. Fue así que en 1962 se decidió cerrar San Luis y hoy (habla de 1967) la planta de Posadas, con un  personal de 350 empleados y obreros, está produciendo la totalidad de los cigarros.”


Queda para el final otro tópico de extremo interés, que es el desarrollo de las plantaciones de tabaco. “Desde 1917, la Introductora vino realizando ensayos para plantar tabaco de la variedad Kentucky en el país (…), pero recién en 1929 se perfilaron los primeros resultados, resolviéndose entonces la instalación de una chacra experimental en Eldorado, Misiones.”  (4) Pronto las zonas de cultivo se extendieron por las localidades de Montecarlo, Puerto Rico, Wanda y Lanusse, y más tarde hacia el sur por Oberá, Cerro Azul y Campo Grande. Vienen a continuación diversas especificaciones sobre los avances agronómicos durante los siguientes años, pero nos enfocamos en una última frase tremendamente valiosa y elocuente: “desde 1960, la CIBA ha venido comprando también tabaco misionero para uso de su manufactura de tabacos y/o para exportar. La última importación de tabaco Kentucky de procedencia norteamericana se realizó en el año 1948.”


Lo apuntado parece un poco difuso, pero es cuestión de ubicarlo en el contexto adecuado de forma, tiempo y lugar, lo que nos permitirá encontrar muchas respuestas a viejos interrogantes de este blog. Todo ello en la próxima entrada, muy pronto.

                                                           CONTINUARÁ…                                

Notas:

(1) Algunos fueron importación de mármoles, mercería, comestibles, velas y bebidas, todo ello abandonado entre 1908 y 1921. Más adelante, además de los toscanos y la sal, la CIBA estuvo vinculada a la fabricación de textiles, alimentos (galletitas y bizcochos) y tuvo representaciones comerciales de diversos artículos, además de haber controlado la fábrica de enlozados Ferrum.


(2) La manufactura de B. Yoldi fue famosa por sus “toscanos suizos”, sobre los cuales subimos una de las primeras entradas a comienzos de 2013. La susodicha firma parece haberse dedicado a la importación hasta mediados del decenio de 1910, luego al negocio mixto (importación y elaboración) y finalmente a la manufactura local. Ese mismo derrotero con las etapas sucesivas “importador”, “importador-fabricante” y luego “sólo fabricante” presenta grandes similitudes con otros emprendimientos toscaneros de la época. Vale decir que la presencia de Yoldi en el Boletín Oficial como solicitante de marcas es bien profusa durante las tres primeras décadas del siglo.


(3) Lo de Misiones se entiende bien, pero ¿por qué en San Luis, sitio alejado como pocos de los centros de consumo y de las zonas productoras de tabaco? Hay una sola respuesta lógica: allí la CIBA concentraba buena parte de su actividad salera, por lo cual tenía el espacio, la disponibilidad de personal y la logística necesarios. Aunque no tengo indicios que así lo prueben, tampoco debemos  descartar la existencia complementaria de algún tipo de ventaja impositiva basada en la radicación geográfica al estilo diferimiento o similares.
(4) Sobre eso también subimos una entrada hace bastante tiempo: http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2013/03/un-yankee-en-misiones-el-tabaco.html

domingo, 16 de octubre de 2016

Cuando el toscano era parte integrante de la canasta básica

Una acertada premisa asegura que la mejor  interpretación de los hechos pretéritos sólo se logra pensando del mismo modo en que lo hacía la gente del pasado. Atila fue un hombre cruel en una época de crueldad, escribió alguien una vez, y esa frase sintetiza perfectamente el sentido de lo que estamos explicando. Dicho en otras palabras, nunca podremos entender una época si no nos ponemos en el lugar de la gente que vivía en esa época. Parece sencillo, pero aun así se suele caer fácilmente en el error de emitir juicios desde nuestro punto de vista actual sobre sucesos ocurridos hace cincuenta, cien o mil años, lo que siempre desemboca en visiones equivocadas. Por esa razón, tanto aquí como en Consumos del Ayer evitamos sentenciar si lo que comían, bebían y fumaban nuestros antepasados era mucho, poco, bueno o malo. Preferimos, en cambio, descifrar y transmitir el espíritu de la época con la mayor objetividad histórica posible.


Siguiendo ese razonamiento, no resulta extraño que el cigarro toscano fuera considerado un producto imprescindible en la canasta básica del habitante típico por los años del centenario. En efecto, dentro de los grupos sociales adecuados, el puro que nos ocupa tenía la misma importancia cotidiana que un alimento o una bebida, y el importe de su compra formaba parte de los gastos proyectados para el “día a día”. No es la primera vez que mostramos indicios probatorios en diferentes testimonios y documentos (escenas del cine, menciones de la literatura, viejas propagandas, etcétera), aunque nunca falta la oportunidad de encontrar otros nuevos. Así sucede en este caso gracias al libro Rosario, del 900 a la década infame (1), donde su  autor Rafael Celpi reproduce cierto fragmento de una vieja nota aparecida en la revista porteña La Semana Universal durante el año 1912, coincidiendo plenamente con los años de oro del consumo toscanero patrio (2).


Si bien el artículo no habla de Rosario sino de Buenos Aires, la realidad que describe es  igualmente aplicable a cualquier urbe, pueblo o localidad argentina de aquellos tiempos. En concreto, el texto presenta de modo crudo y visiblemente crítico la difícil realidad de los “jornaleros” que abundaban en todo el territorio nacional, y para ello efectúa un breve análisis comparativo entre el dinero que obtenían por su trabajo y los gastos necesarios para sobrellevar  las horas laborales de cada jornada. Recurriendo al lenguaje propio de la gente que retrata, la lista de gastos de un obrero durante sus horas de faena se presenta así, textualmente:

- Tranvía ida y vuelta                                                         0,10     - Cañonazo matutino (vino, licor, grapa o ginebra)           0,10
- Toscanos                                                                        0,10
  (Almuerzo al aire libre)
- Medio kilo de uva                                                            0,20
- Queso                                                                             0,20
- Nueces                                                                           0,15  
- Pan                                                                                 0,15
- Cañonazo vespertino                                                      0,10

Total:                                                                                 1,10

Considerando que un jornal promedio rondaba los dos pesos, el trabajador de entonces volvía diariamente a su casa con menos de la mitad de lo que había ganado. Y es precisamente aquí donde tenemos que dejar de lado los inevitables apriorismos que surgen al juzgar lo visto con ojos del siglo veintiuno. Si queremos entender por qué las personas humildes gastaban su escaso dinero en consumos que nos resultan tan peculiares, debemos considerar  la realidad de esa época. Para empezar, la comida es llamativamente “sana”: con excepción del pan, la ausencia de grasas se ve amplificada por la ingesta abundante de fruta fresca y frutos secos, pero obviamente no todos los obreros se alimentaban así. Es probable que semejante cuadro fuera común en época estival (lo de almuerzo al aire libre parece confirmarlo) y muy específicamente entre obreros italianos, ya que los ingredientes del menú son típicamente mediterráneos hasta el punto de asemejarse bastante a la última cena de Jesucristo. ¿Y el alcohol? ¿Eran necesarios dos cañonazos por día? Por supuesto que lo eran. Quien no entiende eso no entiende nada acerca de las condiciones de vida reinantes hace un siglo. No sólo se trataba de matar el frío del invierno o la sed del verano: en tiempos donde los remedios farmacéuticos eran caros y poco efectivos, el alcohol, bien o mal, también hacía  las veces de digestivo, analgésico, estimulante, antidepresivo y un montón de cosas más. Todo ello volvía tolerable la vida en general y el duro trabajo físico en particular.


Finalmente nos quedan los toscanos, que acompañaban con su aroma inconfundible a millones de personas. ¿Cómo no gastar diez centavos diarios para ese pequeño vicio capaz de llenar las horas vacías con su humo fragante?  Como bien dijo el político italiano Enrico Arlotta en los años que nos ocupan, refiriéndose al papel de los cigarros italianos en la vida de sus compatriotas emigrados al Río de la Plata: “dopo il faticoso lavoro (…) egli trova nelle nuvolette di fumo dell’ amato toscano come un efluvio, un aroma della patria lontana e pure cosi cara, che lo consola  dal duro lavoro e dal non meno duro esilio”. ¿Acaso hace falta traducirlo?


Notas:

(1) Se conoce como década infame a la de 1930 por los acontecimientos políticos ocurridos en el país, especialmente aquellos relacionados con el fraude electoral y las persecuciones políticas.
(2) Muy pronto vamos a presentar una serie de entradas enfocadas en el hallazgo de nuevos datos estadísticos sobre importación y producción de cigarros italianos durante el siglo XX. En alguna de ellas probaremos nuestra hipótesis que considera al decenio de 1910 como edad dorada del toscano en Argentina, a pesar de que el mayor volumen de manufactura y ventas se dio treinta años después. 

sábado, 1 de octubre de 2016

Manufacturas pioneras del toscano nacional: la fábrica de cigarros italianos de Ángel Tolerutti

Tal cual sucede frecuentemente, la serie de entradas sobre la Guía Kunz 1886 que acabamos de comenzar  en Consumos del Ayer no nació como consecuencia de búsquedas específicas para ese blog. Bien al contrario, el hallazgo de remotas publicidades resultó ser un aditamento circunstancial del verdadero propósito por el que fuimos a la Biblioteca Nacional de Maestros ubicada en el bellísimo Palacio Sarmiento (conocido también como Palacio Pizzurno) (1), sede además del Ministerio de Educación. La idea de apersonarme en el prestigioso reservorio bibliográfico, en realidad,  no fue otra que completar ciertos datos apenas visibles en una de las brevísimas e irritantes “vistas de fragmentos” de Google Books. No era para menos: se trataba del anuncio tipo clasificado relativo a la fábrica de cigarros italianos de Ángel Tolerutti, un establecimiento que hasta ese momento me era completamente desconocido. Y aunque todo dato sobre la antigua actividad  tabacalera argentina de ascendencia  italiana nos concierne y nos atrae, este caso tenía un sabor a triunfo por partida doble: el de lo muy antiguo y el de lo muy elocuente.


Hay motivos de sobra para manifestar esto último. Lo de elocuente no necesita demasiadas explicaciones en vista del mencionado rótulo “fábrica de cigarros italianos” , cuya comprensión en tiempo y forma brinda absoluta seguridad de que allí se practicaba la manufactura de los tres modelos más exitosos: Cavour, Brissago y Toscano. Pero el período cronológico representa un atractivo todavía mayor. En efecto, el acotado puñado de factorías activas durante el decenio de 1880 que habíamos logrado identificar hasta ahora no ofrece más certezas que algunas citas publicadas muchos años después, y en ningún caso  podemos determinar el momento exacto en que comenzaron a producirse los puros que nos convocan (2). Incluso la presencia de dichos emprendedores es escasa y difusa  en la propia guía Kunz de 1886 (3), mientras que el hallazgo de Tolerutti representa una evidencia de naturaleza categórica.


Concretamente, encontramos la fábrica de cigarros italianos de Ángel Tolerutti en Moreno 662/666 de la vieja numeración, haciendo esquina con la que hoy llamamos Virrey Cevallos (entonces Zeballos), a pocas cuadras del actual Congreso Nacional. La escueta data plasmada nos permite saber que el inmueble era alquilado (su propietario era un tal José Romero) y que contaba con línea de la empresa Unión Telefónica bajo el número 3157. Nos hubiera gustado tener mayores precisiones sobre el funcionamiento del lugar, pero su inequívoca denominación y el dato del teléfono (un lujo tecnológico en ese tiempo) sugieren cuanto menos que se trataba de una firma bien constituida, con cierto tiempo de existencia en el ramo.


Sin embargo, la manufactura de marras no vuelve a aparecer en un ningún registro subsiguiente: ni en guías industriales, ni en publicidades gráficas, ni en el boletín fabril del censo 1895. Su existencia documentada de 1886 es tan rotunda como su posterior desaparición. ¿Cuál fue entonces el destino de Ángel Tolerutti y su taller especializado en puros peninsulares? Quizás la repuesta se encuentre en el mismo censo 1895, pero en su parte de población. En principio, todo indica que el apellido correcto se escribe Tollerutti (4), patronímico bajo el cual fueron empadronadas solamente siete personas en el país, de las cuales seis integraban una familia domiciliada en la calle capitalina federal Santiago del Estero 2045. Ahora bien, para abundar sobre cada uno de los pormenores visibles y las conjeturas que se pueden hilvanar  consecuentemente necesitaría mucho espacio. Basta decir que dos de las mujeres presentes declaran practicar el oficio de cigarreras, que el propio Ángel Tollerutti -masculino adulto- no fue censado en ese ni en ningún otro lugar (hay un pequeño de 3 años llamado así, que suponemos hijo suyo) y que los párvulos de menor edad están apuntados como huérfanos de padre. En resumen, el panorama sugiere de manera  acentuada un fallecimiento reciente del padre de familia y  titular de la fábrica, aunque algunas componentes del grupo continuaban con el oficio, probablemente ya no como actividad formal sino como simple  método de subsistencia económica.


Por supuesto, este pionero se incorpora a nuestro listado de históricos establecimientos elaboradores y lo hace entre la vanguardia del orden cronológico, como corresponde a su condición de precursor del toscano nacional, tan bien acreditada por la Guía Kunz 1886.

Notas:

(1) Casualmente, el magnífico edificio comenzó a emplazarse el mismo año de publicación de la guía Kunz y se inauguró dos años después, en 1888. La siguiente foto parece haber sido obtenida cuando la obra se encontraba en estado muy avanzado. Nótese el entorno de casa bajas y la esquina sin ochava abajo a la izquierda (parece un típico “boliche”), en el ángulo NE de la intersección entre las actuales Marcelo T de Alvear y Rodríguez Peña.


(2) Por ejemplo, los antecedentes sobre La Argentina de Juan Otero (fundada en 1878) sólo se obtienen en reseñas escritas hacia 1893 y 1895, al igual que los de La Virginia de Donato Didiego (fundada en 1883). Ambas elaboraban todo tipo de productos tabacaleros y está claro que para 1890 ya hacían cigarros italianos. Pero, ¿fue así desde sus comienzos, o se trató de una diversificación productiva posterior?
(3) Desde luego, aprovechamos la ocasión para buscar otros manufactureros de época que ya conocíamos, y lo hicimos mediante todos los caminos posibles (calle, apellido, rubro), pero francamente encontramos poco. A Juan Otero lo vemos apuntado como simple cigarrero con domicilio en la calle Defensa 172. No hay nada acerca de otros productores toscaneros de la primera época, como Donato Didiego o el boquense Agustín Grillo (ni siquiera aparecen sus nombres). Sin embargo se observa un destacado aviso de los Cónyuges Brambilla , importadores de productos italianos que comprarían la fábrica a Didiego varios años después. Finalmente, en la lista de cigarrerías minoristas detectamos a dos de los tabaqueros italianos empadronados en el Boletín Industrial del censo 1895: Severo Bonani y Bernardo Corso.


 (4) La forma con una sola ele no existe, incluso en la Italia actual, según comprobamos por diversas indagaciones. 

domingo, 18 de septiembre de 2016

Probando un toscano italiano de nombre ilustre y sabor histórico

Cómo eran  los aromas y sabores  del toscano en los viejos tiempos es una pregunta que moviliza en forma perenne nuestras investigaciones. Ahora bien, dicho costado vinculado a los sentidos constituye el punto más difícil de abordar desde un enfoque histórico. Siempre es factible el hallazgo de registros, testimonios y citas  sobre la industria toscanera del período fundacional (tanto en Italia como en Argentina), pero definir el perfil aromático y gustativo que tenían  los antiguos ejemplares implica una labor ciertamente compleja. Así como no hay manera de evaluar un vino sin haberlo bebido, es imposible precisar las características de un toscano sin haberlo fumado. Y cuando el centro de atención pasa por los prototipos de hace cien o ciento cincuenta años, tenemos frente a nosotros un problema de naturaleza tan simple como irresoluble: ya no hay más.


Ante semejante obstáculo podemos construir hipótesis basadas en aquellos datos del pasado que nos resultan accesibles con menor dificultad. Así, los tipos de tabaco, los procesos de manufactura y los sistemas de secado y estacionamiento que se empleaban entonces permiten delinear con algún grado de certeza una cierta silueta sensorial. Pero hay una segunda forma de búsqueda que va ganando nuestro ánimo y nos produce cada vez mayor confianza, sobre todo cuando hablamos del antiguo y legítimo toscano italiano importado durante casi ochenta años. Esta manera alternativa no es otra que degustar analíticamente los herederos modernos  del acervo tabacalero peninsular, o sea, los toscanos italianos actuales. Basándonos siempre en elementos históricos muy definidos practicamos ese método cuatro veces, según consta en las entradas correspondientes. Primero fue el toscano Originale, luego un par de especímenes saborizados del segmento Aroma, después el Classico y más tarde el Originale 150.



















Para esta ocasión elegimos el Toscano Garibaldi,  lanzado al mercado hacia1982 como homenaje a Giussepe Garibaldi en el centenario de su muerte. Con excepción del formato (1), desde entonces hasta hoy ha conservado ciertas características esenciales centradas en sabores relativamente livianos (2). Independientemente de eso y de ser la etiqueta toscanífera más barata, el Garibaldi se identifica por su armado a máquina muy simple, bastante suelto (con el tabaco menos “comprimido”), y por un color exterior sumamente variable dentro de la gama cromática de los marrones claros. Todos estos atributos resumen el motivo que nos llevó a incluirlo en  nuestras catas de “indagación histórica”. ¿La explicación? Creemos que los toscanos del período 1860 -1880 (sus primeras dos décadas en Argentina) tenían bastante simpleza de sabor,  menos intensa y ahumada en comparación con los que vendrían a finales del siglo XIX. Hay muchos vestigios de época que permiten suponerlo así, pero los principales son dos: el uso de tabacos que aún no eran del tipo Kentucky y el  curato a fuoco mediante procedimientos carentes de homogeneidad.


Otra vez elegí la quietud de la noche para el examen sensorial que llevé a cabo en un ámbito perfectamente acorde a la idea de “viajar al pasado”: un viejo coche de madera del Ferrocarril Oeste construido en 1909 (3). Aunque ya es una rutina en nuestras reseñas, seremos metódicos diciendo una vez más que el encendido fue realizado sin problemas y que el tiraje posterior resultó perfecto, tanto como la consistencia de la ceniza. Combustión y algunos minutos mediante se comprueba perfectamente la sencillez antedicha en forma de aromas plenos pero mucho menos intensos que cualquier otro ejemplar de la línea italiana moderna, así como también por percepciones sápidas de cuerpo medio, con cierto tono vegetal y muy pocos acentos tostados y ahumados (tan comunes en otros casos). En definitiva, lo probado está en sintonía con el perfil histórico que buscábamos: un cigarro de rasgos “primitivos”, menos complejo y trabajado, probablemente análogo al toscano de los primeros tiempos. Así como existen modelos que se destacan por los tonos evocadores de combustión  leñosa  (Classico, Extra Vecchio, Antico) y otros en los que predominan bordes minerales (Antica Riserva, Originale, Originale 150), el Garibaldi porta consigo un sabor básico a tabaco de campo natural, directo, sin perder en ningún momento la identidad toscanera encarnada por el puro fragante y vigoroso.


¿Encontramos un “eslabón perdido”? ¿Dimos con el sabor a toscano que acompañó a la inmigración italiana de  vanguardia? Quizás, pero lo bueno es que no nos conformamos con ello: seguiremos buscando y probando cuanto módulo pase por nuestras manos. Seguramente, algún motivo de orden histórico nos brindará la excusa para hacerlo.

Notas:

(1) En el transcurso de tres décadas y media fue comercializado en diferentes formatos, tanto entero como amezzato: más largos y más cortos, más gruesos o más delgados, sufriendo frecuentes cambios de packaging para adaptarse a esas mutaciones. La foto situada al costado del tercer párrafo muestra tres modelos de cajas de Garibaldi que obran en mi poder, adquiridas en Italia entre 2003 y 2016. Los que degustamos esta vez son los más recientes, enteros, comprados en Mayo último. También existe hoy un nuevo prototipo levemente más caro de “edición limitada”, presentado en envases de dos unidades con el nombre Garibaldi Il Grande.


(2) Siempre aclaro que hablar de toscanos “livianos” o “suaves” sólo se aplica de manera comparativa con los de su misma familia. Los toscanos son invariablemente cigarros potentes y aromáticos, por lo que esos adjetivos pierden valor si intentamos confrontarlos con el resto de los cigarros puros de cualquier tipo y procedencia.
(3) Preservado y custodiado por el Ferroclub Argentino

martes, 2 de agosto de 2016

2016: odisea del toscano

Tres años y siete meses han pasado desde que iniciamos este blog, más exactamente el 1 de enero de 2013. En ese período subimos 68 entradas que involucraron  un amplio repertorio de temas dentro del mismo hilo argumental, desde investigaciones históricas de tinte social y económico hasta notas de color, degustación de ejemplares añejos, reseñas de fábricas, estadísticas antiguas y citas en el arte, sin olvidar el desarrollo de un listado de viejas manufacturas argentinas (actualizado con alguna regularidad), entre otros focos de interés para el logro del propósito que nos trazamos originalmente. De ser así, vale la pena plantearse el siguiente interrogante : ¿hicimos avances significativos? Pues bien, si consideramos el modesto conocimiento sobre el pasado del toscano en la Argentina que teníamos al comenzar la saga y lo comparamos con nuestra noción actual, no podemos menos que sentirnos razonablemente satisfechos.


Muchas de las preguntas que nos planteábamos en aquella entrada fundacional fueron contestadas mediante el hallazgo de pruebas categóricas, como el año de la primera importación argentina de tabacos italianos o la identidad del primer manufacturero local. Otras están en proceso de ser respondidas, o sólo lo han sido de manera parcial y subjetiva: cuáles eran las diferencias organolépticas entre los ejemplares argentinos y los italianos, por ejemplo, es una de esas cuestiones muy difíciles de argumentar mediante pruebas inequívocas. Sin embargo, sobre eso también se avanzó bastante al conocer diversos pormenores de la elaboración en uno y otro caso, mientras que la cata de toscanos nacionales e importados, actuales y añejos, logró abrirnos la mente y el paladar en el mismo sentido. Hasta pudimos elucubrar la evolución de otros cigarros italianos en relación con la de nuestro leitmotiv, a la vez que explicamos las principales razones del éxito del toscano basándonos (entre otras) en sus  incuestionables ventajas de orden práctico.


Todos estos pequeños logros cobran una mayor dimensión valorándolos en conjunto, a tal punto que manifestar el alcance de una cierta “completitud” histórica no resulta, a esta altura, descabellado . En mayor o menor medida , la historia que nos ocupa nos ha revelado sus principales secretos. Analicemos tal afirmación puntualizando los renglones más importantes de nuestros resultados investigativos volcados en múltiples entradas a lo largo de tres años y medio:


- Conocemos el origen temporal de la saga toscanera argentina, tanto de su importación (1861) como de su producción local (1878/1881)
- Tenemos una buena idea sobre cómo se fue desarrollando la fama del toscano frente a sus competidores de época, especialmente en relación a los otrora célebres cigarros Cavour y Brissago.
- Ubicamos más de cuarenta fábricas nacionales con datos certeros acerca de domicilios, marcas y filiación de sus propietarios, en muchos casos con reseñas detalladas de los establecimientos. De manera adicional, una enigmática lista de otros tantos cigarreros italianos afincados en la Ciudad de Buenos Aires hacia 1895 nos indica que la elaboración de nuestro interés debió haber sido mucho más vasta que aquella formalmente establecida.
- Entre reseñas y descripciones industriales pudimos captar abundantes datos  sobre los procesos de elaboración y los tipos de tabacos que se empleaban en los albores del toscano patrio.


- Estadísticas y documentos oficiales nos ayudaron a discernir de manera incontrovertible el aumento paulatino en el consumo de cigarros italianos desde la década de 1860 hasta la de 1910. Por otra parte, hallamos el momento cronológico en que la producción nacional superó numéricamente a la importación.
- Fotografías, publicidades, menciones literarias y apariciones en viejas obras del cine nacional hicieron que tomáramos conciencia no solo del éxito del toscano como producto de consumo, sino también de su papel en el estereotipo del inmigrante peninsular.
- Determinamos el hecho histórico que acabó con la importación del toscano genuino (la Segunda Guerra Mundial), abriendo paso inexorable al monopolio de la producción vernácula.
- Catamos añejos ejemplares pertenecientes a un puñado de marcas emblemáticas argentinas e hicimos lo propio con numerosa versiones actuales de toscanos italianos, siempre examinándolos con una mirada histórica. Todo ello sin olvidamos de degustar analíticamente las dos únicas marcas que todavía se elaboran en nuestro país.


Entonces, ¿por qué presentamos esta especie de “balance”? ¿Acaso nos conformarnos con lo hecho y sabido hasta la fecha? ¿Nos disponemos a tirar la toalla de la investigación? De ninguna manera. Si bien le dimos forma a una cierta armazón del pasado toscanero argentino, existe mucho material que todavía nos es ajeno. Podríamos graficarlo en términos constructivos diciendo que tenemos el esqueleto del edifico, su entramado fundamental, pero aún faltan completar las paredes y los detalles de terminación. Vaya como ejemplo lo siguiente: hemos presentado valiosos guarismos estadísticos en un sinfín de oportunidades. No obstante,  sabemos con absoluta certeza que es posible acceder a cifras todavía más precisas (1), aunque para ello es necesario un trabajo de relevamiento  bibliográfico y hemerográfico de largo aliento. También avanzamos  listando decenas de antiguas  fábricas, pero está claro que existieron muchas otras que aún están en las sombras, quizás pequeñas, seguramente efímeras y tal vez escondidas en pueblos o ciudades del interior. Tengamos en cuenta que encontrar referencias sobre viejas manufacturas tabacaleras no es tan difícil. Lo verdaderamente complicado es saber si elaboraban artículos específicos o especialidades del ramo. Y el toscano era eso, ni más ni menos: una singularidad dentro de una gran familia (los cigarros puros) perteneciente a un género inmenso (el tabaco).


Dicho en otras palabras: cada vez hay que excavar más profundo para obtener resultados. Por lo tanto, aunque nos proponemos  mantener el ritmo mínimo de una entrada mensual (lo cual se ha cumplido rigurosamente hasta ahora), no puedo garantizar un hallazgo constante de contenidos que así lo justifique. ¿Lo intentaré? De eso estoy seguro. ¿Lo lograré? Quién sabe…

Notas: 

(1) Entre comienzos del siglo XX y la década de 1970, verbigracia, cierta repartición pública dependiente del Ministerio de Hacienda (luego de Economía) publicó un informe anual sobre la comercialización de tabacos en todo el país, con cifras específicas sobre toscanos. El grado de detalle era tal que hasta 1940 se las desglosaba entre nacionales e importados. Mediante internet sólo se puede acceder a mínimos fragmentos de esa invalorable información, que sin dudas descansa en papel en la BNA, la BCN, el AGN o algún  otro reservorio público. Encontrar y analizar dichos documentos (hablamos de un período de 50 a 70 años) es una tarea factible, pero ciertamente lenta y engorrosa.