jueves, 28 de mayo de 2015

Luchadores y Puntanitos: los herederos del toscano argentino

Si nos atenemos estrictamente a las fechas que hemos logrado establecer hasta el día de hoy, nuestro país acredita 154 años de consumo y 137 años de elaboración propia en el ámbito de los cigarros toscanos.   Para  ello  tomamos,  respectivamente,  la  primera importación documentada de puros italianos (1861)  y  la  fundación  de  la  primera manufactura argentina que se dedicó a confeccionarlos (1878). En función de eso, bien puede decirse que el toscano comparte, junto al habano legítimo de Cuba, el podio de los cigarros más exitosos  de la historia nacional (1). Hace tiempo que venía meditando la manera de realizar una especie  de  “homenaje”  a  esa  supervivencia más allá de los numerosos vaivenes políticos, económicos, sociales y culturales vividos en estas tierras durante un siglo y medio.   De dichas reflexiones surgió cierta idea que finalmente consideré la más acertada: realizar una degustación de dos marcas argentinas de toscanos, representando a las únicas fábricas existentes en la actualidad.


Los nombres de los establecimientos involucrados no son desconocidos por quienes siguen el blog ni por los aficionados toscaneros que se precian de tales. La primera empresa es Tabacalera Sarandí, una fábrica de ubicada en la localidad homónima al sur de la Ciudad de Buenos Aires, que hacia finales de la década de 1990 adquirió varias y antiguas marcas del tabaco (2). Además de diversos cigarros puros, la firma en cuestión produce toscanos en tres versiones: una de enteros (Avanti) y dos de medios toscanos (Caburitos y Puntanitos).   La segunda casa manufacturera es todavía mejor conocida por nosotros, ya que fue visitada por el que suscribe y reseñada en una entrada especial  (3).  Se trata de Luchador,   notable factoría familiar del barrio porteño de Villa Pueyrredón  que permanece en el mismo domicilio desde 1920.  En  ella,  los representantes de la tercera y cuarta generación de la  familia  Zenobi  continúan confeccionado una gama de productos con inclusión de históricos toscanos, presentados al comercio también de tres maneras, pero sólo con dos marcas: Luchador (enteros y  medios toscanos) y Super Charutos (medios toscanos). Para el análisis comparativo que veremos a continuación  seleccionamos un dueto de prototipos comercializados como medios toscanos, ambos en envases de cinco unidades: Luchador y Puntanitos.


Antes de ir a la crónica propiamente dicha es necesario apuntar algunos datos (4). Los toscanos Luchador se producen a mano con tabaco tipo Burley procedente de Tucumán, mientras que los Puntanitos son confeccionados a máquina,  y  en  su composición  participan varios tipos de tabacos correntinos, misioneros y paraguayos. Otra diferencia para remarcar es que el relleno de los primeros está compuesto por la llamada  tripa larga  (las hojas del interior tienen todas el mismo largo del puro), mientras que en los segundos el interior es de picadura (trozos pequeños de tabaco). A esta altura, muchos pueden pensar que nuestra degustación persigue algún propósito de rivalizar estilos: manual y tripa larga versus máquina y picadura. Repito: se trata de un homenaje a los herederos de la epopeya toscanera nacional. Los datos precedentes sólo intentan ayudar a conocer algo más sobre ellos.

















Para  la ceremonia de degustación contamos con la compañía y las opiniones de Enrique Devito y Sebastián Nazábal, cada uno munido de sus respectivos ejemplares de ambas marcas. En el sentido visual y táctil, Luchador era un poco más claro, seco y firme, dado que  Puntanito se  mostró  con  capa  bien  oscura  y  una  estructura esponjosa (indicio de mayor humedad) y ligeramente suelta. Tanto el  encendido como el tiraje y el desarrollo de la ceniza fueron irreprochables en ambos casos, por lo que decidimos enfocarnos en los aspectos puramente aromático- gustativos. Luchador sorprendió por su complejidad, incluyendo ciertos tonos de frutos secos  (almendras tostadas, castañas, nueces) que recuerdan a puros de mayor valía monetaria. Hasta se llegó a esbozar alguna similitud con el Originale de Italia, si bien dicha comparación debe tomarse en un sentido de estilos históricos. Puntanito, por su parte, tenía rasgos levemente rústicos desde el comienzo, tal vez más cercanos al estereotipo actual de lo que es un toscano vernáculo. Precisamente, en este punto me permito hacer una consideración que me parece primordial, y sobre la cual respondo con mi modesto conocimiento de historiador toscanero y de persona que ha degustado toscanos legítimos de Italia (en numerosas versiones)  y toscanos argentinos de las décadas de 1940, 1950 y 1960. El postulado es el siguiente, a modo de conclusión: los dos productos que probamos son válidos, bien elaborados y hacen honor al rótulo que se les adjudica, en el sentido argentino del término. Sin embargo, si queremos ubicarlos en un contexto histórico, creo no equivocarme al decir que Luchador, por su confección, su profundidad de sabor y su complejidad, se parece al toscano fundacional argentino del período 1880-1930. Puntanito es, seguramente, más apto para el consumidor tabacalero de hoy, más accesible, más sencillo, y tiene un parentesco innegable con los toscanos argentinos de la segunda mitad del siglo XX.   Pero ambos,  reitero,  son dignísimos herederos de la historia del cigarro puro más fumado de la Argentina a lo largo de su historia.


La aventura del toscano italiano nació en Florencia hacia 1818. Luego, en 1861, llegó a la Argentina a bordo de los mismos barcos que traían a los inmigrantes.  Y  en  1878, finalmente, un visionario de la industria tabacalera nacional comenzó a elaborarlos en Buenos Aires. Tres hitos de una historia que hemos pretendido homenajear a través de sus herederos en el siglo XXI.

Notas:

(1) Al hablar de éxito me estoy refiriendo a la presencia ininterrumpida en el mercado nacional. Otros tipos de puros vivieron épocas de furor, como los Cavour, los Brissagos y los cigarros paraguayos, aunque ninguno logró subsistir  más allá de las primeras décadas del siglo XX. En contraposición, tanto los habanos como los toscanos tuvieron altibajos motivados por coyunturas de índole diversa (modas, cambios en los hábitos de consumo,  crisis económicas generales,  crisis económicas del sector del tabaco, restricciones a la importación) pero no han dejado de estar presentes ni un solo día en las estanterías de los comercios argentinos.
(2) La mayoría de las marcas mencionadas son de muy antigua data. A modo de ejemplo, Luchador fue registrada en la década de 1920 por Constantino Zenobi. Bien curioso es el caso de Caburitos,  cuya propiedad original fue de Schelp y Schelp,  una vieja firma argentina. Sin embargo, dicho rótulo no fue creado para nominar toscanos (Schelp y Schelp nunca se dedicó a los cigarros de tipo italiano) sino puros de estilo holandés. Con todo, hay buenas razones para pensar que lo de Caburitos nació como una deformación fonética de Cavouritos, diminutivo que se empleaba en los cigarros Cavour. El tema da para mucho más, y tal vez en el futuro volvamos sobre la cuestión. Las siguientes son dos imágenes tomadas de antiguas ediciones del Boletín Oficial referidas a renovaciones de marcas: una de Luchador (1937) y otra de Caburitos (1913).


(4) Como ocurre con tantos otros artículos, la composición de la materia prima y los métodos de fabricación suelen variar a lo largo del tiempo. En el caso de los cigarros que nos ocupan, esas modificaciones están dadas casi siempre por el tipo y el origen de los tabacos. Los datos referidos, por lo tanto, deben tomarse de un modo orientativo y genérico de acuerdo con nuestro conocimiento al momento de escribir esta entrada.