domingo, 21 de diciembre de 2014

Los toscanos en la literatura y el cine

Entre las múltiples acepciones que tiene el término “cultura”, personalmente considero a la siguiente como aquella que transmite mejor su significado: conjunto de conocimientos, tradiciones, creencias, costumbres y valores comunes que caracterizan a un pueblo, a una sociedad o a una época. En ese sentido, no caben dudas de que este blog estudia el pasado de un producto que formó parte de la identidad cultural argentina durante muchas décadas. No vamos a detenernos en los fenómenos que atañen a ello, puesto que ha sido tema de numerosas entradas anteriores, pero bien vale reiterar que la historia del toscano en nuestro país refleja perfectamente las transformaciones sociales acontecidas en él, con algunos ejes centrales muy definidos: la inmigración, la urbanización, el crecimiento poblacional y el paulatino establecimiento de una identidad basada en la mezcla de elementos criollos y europeos. Así las cosas, hoy nos proponemos efectuar un breve repaso de ciertos vestigios que evidencian la presencia constante del toscano en diferentes obras de la literatura y el cine patrios, reafirmando su importancia como artículo de consumo masivo ampliamente extendido en los hábitos populares del siglo XX.


Aunque no descarto la presencia anterior o posterior del cigarro italiano por excelencia en distintos testimonios artísticos, queda claro que la mayor parte de su comparecencia fílmica y literaria coincide con el período de mayor consumo en términos numéricos absolutos,  es decir,  durante las décadas de 1930 y 1940,  con un “arrastre” que se extendió hasta los decenios de 1950 y 1960 inclusive.  Tomemos, por ejemplo, el dueto de citas que he dado en seleccionar dentro del campo de las letras vernáculas, ambas inscriptas en el género de ficción (1) (2). A una de ellas la ubicamos en el relato policial El asesino del tiempo, interesante novela escrita por Lisardo Alonso y publicada en 1953 por la editorial porteña Hachette. El argumento transcurre en algunos escenarios reales y bien conocidos de la Argentina, empezando por la localidad de Castelar, en el oeste del Gran Buenos Aires, con traslaciones ocasionales a otros sitios medianamente ficticios, como el pueblo de Cinco Pinos, en la provincia de Córdoba.  Precisamente allí vive y ejerce sus actividades el doctor Calley, quien en cierto momento es convidado con un cigarrillo. El texto señala: “este sólo fumaba toscanos, pero aceptó. El tabaco era rubio y extremadamente suave”. En otros párrafos localizamos pormenores del mismo tenor que reafirman la presencia toscanera en tiempo y lugar.  Algunos años después (1960),  el notable escritor rosarino Jorge Riestra editó un brillante relato llamado Salón de Billares. Entre los numerosos protagonistas del argumento –centrado en el juego de Casín (3)- se encuentra el muy veterano Santiago Aristo,   cuya edad avanzada hace que rehúya participar en una competencia de la especialidad diciendo: “a mí déjenme aquí, con mi cafecito y mi toscano, que yo sé que cada cosa tiene su época”.



















Las apariciones cinematográficas durante el lapso susodicho son demasiadas como para volcarlas de una sola vez (y conozco apenas una fracción, ya que deben existir muchas más), pero sirven como ejemplo algunas de las más conocidas, de acuerdo con la sucinta nómina que sigue:

Mateo (1937): en el mismo comienzo del film, podemos ver a los grandes Enrique Santos Discépolo y Luis Arata sentados a la mesa de un oscuro bar junto a otros parroquianos. Al menos tres de ellos están fumando toscanos durante el transcurso de la escena. (4)
El Viejo Hucha (1942): algo sobre esta cinta analizamos en Consumos del ayer remarcando el cuadro del almuerzo familiar. Ahora hacemos hincapié en la secuencia que llevan adelante Enrique Muiño  y  Gogó Andreu,   durante la cual este último es obligado a comprar toscanos para su padre en un comercio bastante alejado de la casa con el mezquino propósito de obtener fósforos gratis. Finalizando el segmento advertimos dos ejemplares enteros que el joven alcanza a su progenitor.


La Suerte llama tres veces (1943): antigua y rara pieza humorística de Luis Sandrini con numerosas visualizaciones y referencias verbales de nuestro interés. Entre ellas, un jefe de estación fumando su toscano y el protagonista asegurando que algunos niños iban a realizar determinada actividad “cuando fumen toscanos”, en obvia alusión a que iba a pasar mucho tiempo hasta entonces.
El infortunado Fortunato (1952): film no muy conocido que tiene como intérprete principal al recordado actor Mario Fortuna. En determinado instante apreciamos el típico bar de barrio al que ingresa un individuo saboreando su medio toscano mientras se sienta en la barra y pide un moscato.
Mercado de Abasto (1955): celebérrima película también reseñada en nuestro otro blog, pero cuyo valor toscanístico ampliamos a tres momentos: el hombre que fuma su ejemplar detrás de Pepe Arias en la escalera mecánica, otro que hace lo propio durante la fiesta de casamiento en el bodegón, y finalmente Luis Tasca sosteniendo un prototipo apagado (algo casi folclórico en ese entonces).
Pobres habrá siempre (1958): película de contenido comprometido con las luchas obreras en un frigorífico aledaño a la zona del Riachuelo. Durante la situación más tensa de la cinta vemos al duro capataz del establecimiento revelando cierto tic verdaderamente representativo de los antiguos fumadores: la costumbre de hablar sin quitarse el cigarro de la boca.



















Así es que tanto el papel como el celuloide nos han legado estas valiosas imágenes. Y debe haber centenares de otras, que tal vez algún día volquemos con el propósito de seguir reafirmando aquella pretérita  supremacía del toscano entre los puros más fumados de la Argentina durante casi una centuria.

Notas:

(1) La ficción de tipo costumbrista (categoría  a la que sin duda pertenecen los dos volúmenes mencionados, en especial “Salón de billares”) suele ser  un excelente vehículo para saber si el consumo de cierto producto era realmente habitual en determinada época, dado que sus autores ubican  los sucesivos cuadros en ámbitos y escenarios corrientes, regulares, típicos de la vida cotidiana. La mención reiterada de algún artículo es, por lo tanto,  indicio claro de su popularidad en el período en el cual se sitúa la trama.
(2) Lo antedicho ocurre en muchos otros segmentos de las dos obras referidas, incluyendo  marcas, entornos y situaciones que bien podrían ser reseñadas en nuestro otro blog Consumos del Ayer.  A modo de muestra, en El asesino del tiempo, uno de los protagonistas pide una “Soda Belgrano” en el bar de un hotel. En Salón de Billares, varios personajes deciden ir a cenar luego de una jornada de su juego favorito, nada menos que al Piamontés, proverbial bodegón del Abasto en el que se banquetean con “patitas de cerdo en escabeche y corvina a la vasca, regado todo con un vino tinto reserva que no se despegaba del paladar”.


(3) El Casín es una variante del billar que se juega con los mismos implementos y en idénticas mesas. La principal diferencia es que incorpora  un grupo de “obstáculos” en miniatura ubicados hacia el centro del tablero de juego -similares a los bolos o pines del bowling- cuyo derribamiento supone cierta pérdida de puntos.


(4) Imágenes de ello pueden ser vistas en la entrada del 23/02/2013, “El toscano, un bálsamo para el inmigrante”. 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Pipas y cigarrillos: los otros destinos tradicionales del tabaco toscanero

Por cuestiones de lógica elemental, todos nos inclinamos a pensar   que   el   tabaco   de   los   toscanos   se   usa exclusivamente para confeccionar el tipo de puros que nos convocan en este blog. Debe quedar claro que no me estoy refiriendo a las variedades botánicas involucradas (que en la Argentina han sido mayormente  Kentucky, Virginia  y Criollo), cuya utilización es perfectamente factible en todo tipo de derivados tabacaleros, sino a aquella materia prima que   según   las   técnicas   tradicionales   ya   ha   sido seleccionada  y  procesada  para el armado de cigarros itálicos. Muchos se preguntarán si acaso cabe alguna otra posibilidad cuando se está tan cerca  del resultado final. Y la respuesta es contundente en sentido afirmativo,    puesto  que  un  porcentaje  no despreciable del tabaco destinado a la manufactura de los toscanos no acaba en ellos, sino vendido suelto o como ingrediente de otros artículos afines.  Así es hoy  y  así fue siempre, como veremos a continuación.


Si hablamos específicamente de nuestro país, el torcido de toscanos se mantuvo bajo la modalidad  manual durante más de un siglo, hasta que la mecanización puso pie en la actividad promediando la década de 1990 (1) y un buen porcentaje comenzó a ser elaborado a máquina (2). Sin embargo, ello  no modifica mayormente las causas tradicionales por las que un toscano, o parte de él, pueden ser desechados: nos estamos refiriendo al despunte y a la roturas. El primero de estos episodios tiene lugar cuando el cigarro debe ser emparejado por sus extremos (de allí el término “despunte”, es decir, sacar las puntas) para que la piezas terminadas se vean uniformes y prolijas, lo cual implica el corte con una cuchilla especial, y ello ocurre tanto en el método artesanal como en el maquinado,   produciendo   invariablemente  un pequeño residuo de tabaco que se separa, pero nunca se descarta. Lo de las roturas no necesita mayores argumentos explicativos:  algunos cigarros se rompen o desarman durante el proceso de elaboración y embalaje, cualquiera sea el sistema empleado para manufacturarlos. Pues bien, ¿qué hacer con todo ese sobrante de tabaco en condiciones de circulación comercial?  Muy simple: empaquetarlo y venderlo suelto o picarlo para relleno de cigarrillos. La primera opción es históricamente muy común, mientras que la segunda corresponde a épocas acotadas y específicas, pero lo bueno es que encontramos antiguos registros documentales de ambas.


El 28 de enero de 1918, la Compañía Introductora de Buenos Aires presentó una solicitud para el registro de la marca  “Avanti Legítimos”.  Ello  no  aludía  directamente a los celebérrimos toscanos, sino a cigarrillos de papel que contenían el tabaco descartado en la producción de aquellos, según los procesos recién descriptos.   El hallazgo de este  notable testimonio nos acercó un elemento que desconocíamos por completo: alguna vez la CIBA tuvo una fábrica de cigarrillos en Rosario, más precisamente ubicada en la calle Entre Ríos 845. Vale la pena remarcar tres leyendas del envase cuya solicitud marcaria se tramitaba, como ser “tabaco fuerte Kentucky”, una, “cada atado de cigarrillos contiene el tabaco de 4 toscanos”, otra, y “solamente se emplean despuntes y recortes de los afamados toscanos”, la última.


A fines de ese mismo año, el Boletín Oficial de la República Argentina hace constar cierta resolución del Ministerio de Hacienda (equivalente al de Economía actual) por la cual se rechazaba una solicitud de la  Compañía Ítalo Americana  (3)  respecto  a  cuestiones impositivas que serían difíciles de explicar, pero cuyo elemento central eran los “toscanos rotos” que la firma se disponía a comercializar en el mercado. Para resumir, digamos que el tabaco suelto pagó siempre un arancel inferior al de los tabacos manufacturados, lo que lo convertía en un vehículo ideal para la evasión.   En vista de que la fábrica de marras pedía un tratamiento especial,  las autoridades optaron por continuar con  los procedimientos habituales sin excepciones de ningún tipo, manteniendo el control sobre los cigarros declarados  como “rotos” mediante inspecciones sorpresivas en los establecimientos tabacaleros.


Por último localizamos otra solicitud de marcas el 14 de noviembre de 1929, según la cual la Societá Anónima Tabacchi Italiani (SATI) tramitó el rótulo Toscanos Rotos, en español, y Spezzature di Toscani, en italiano, con las interesantes bajadas “legítimos de la Regía Italiana”,  y “especialidad para pipa”. Podemos apreciar además su primer domicilio en la calle Alberti -donde se había instalado apenas un año antes- que en la década siguiente sería trasladado a la gran factoría del barrio de Villa Real, de la que hemos dado cuenta muchas veces.


A pesar del paso de las épocas y de su propio ocaso como producto, el sobrante del tabaco toscanero nunca perdió esa condición “todo terreno”.  Incluso  hoy,  los  dos productores de toscanos argentinos continúan presentando sus despuntes como ingrediente para fumar en pipa. No así para el relleno de cigarrillos, ya que los tiempos cambiaron demasiado en ese ámbito: se trata de algo demasiado sabroso para los afectados, indiferentes y endebles fumadores del siglo XXI.


Notas:

(1) Eso ocurrió en Italia hacia finales de la década de 1950. Por diversas particularidades que les son propias (en especial, por la forma), los toscanos tardaron mucho más que el resto de los puros en lograr la automatización. Los habanos y demás cigarros análogos, por ejemplo, alcanzaron el dudoso privilegio de ser hechos a máquina treinta años antes. Fueron los Estados Unidos (cuándo no) quienes desarrollaron y promovieron  semejante proceso tecnológico
(2) Hoy por hoy existen en Argentina dos únicas fábricas de toscanos que utilizan la mecanización, una, y el proceso manual, otra.  La marca Avanti y sus anexas Caburitos y Puntanitos (Tabacalera Sarandí) se elaboran a máquina, mientras que Luchador y su rótulo secundario Super Charutos (Heraldo Zenobi) son hechos a mano.
(3) No tenemos registrado a la fecha ningún productor con ese nombre así tal cual está expresado, lo que incrementa nuestro listado de “posibles fábricas de toscanos” sin una confirmación contundente. En este caso, queda claro que el susodicho  emprendimiento existía,  que se dedicaba al ramo de nuestro interés  y que funcionaba a la fecha de publicación de la norma. El inconveniente es que no tenemos la certeza de que su denominación sea correcta, y no uno de esos errores de transcripción tan comunes en los documentos públicos de todas las épocas.